lunes, 15 de noviembre de 2010

Y fueron felices...



El pasado fin de semana me quedé cuidando de mi prima pequeña, de 4 años. Y ya se sabe, que para contentar a una niña de su edad, pocas cosas hay mejores que una peli Disney. Bueno, matizo, nada mejor que una peli de princesas Disney. Pusimos “La Bella Durmiente”, que era su favorita.

Cuando la película acabó, mi prima dijo, con una cara de emoción casi indescriptible: “Cuando sea mayor, quiero ser tan guapa como la bella durmiente, ¡y quiero un príncipe que me despierte con un beso!”. Le dije que claro que sí, que su príncipe iba ser el más perfecto del mundo. Mentira.

Ver la película, después de muchos años, me hizo reflexionar: desde pequeñas, las niñas aspiramos a ser princesas, a encontrar al hombre perfecto, que nos despierte de ese profundo sueño que llamamos “rutina” y nos haga volver a la vida, que nos pasee su carruaje (mejor dicho, en un BMW o Audi) y nos colme con miles de regalos. Que sonría y esté de buen humor cada día, y que siempre esté a nuestra entera disposición. Porque claro, sin un príncipe, ¿cómo va a ser feliz una princesa?

Lo peor de todo es que sabemos que nuestra posición en esas películas es puramente machista: la protagonista es casi siempre una mujer pasiva, que depende en mayor o menor grado de una figura masculina y su mayor sueño es enamorarse y vivir feliz para siempre, en su castillo de ensueño, con un montón de niños (a su entero cargo, por supuesto), y siendo una más que posible ama de casa.

Pero cuando no superamos el metro de estatura, no somos conscientes de este mensaje subliminal. Aceptamos ese estereotipo, lo adoptamos y lo consideramos normal. Y es ahí donde reside el problema de muchas mujeres hoy día: siguen aspirando a encontrar a ese príncipe azul, y a comer perdices y caviar.

Bueno y, ¿a quién pretendemos engañar? Todas sabemos que ni Eric, ni Aladdín ni cualquier otro semental de esa clase existe. ¿Por qué nos empeñamos en encontrar algo así, si la perfección absoluta no existe en ningún ámbito de nuestras vidas?

A medida que pasan los años, que la experiencia nos tira al barro de la decepción amorosa una y otra vez, nos damos cuenta de ello. De que la perfección no existe, ni en el hombre ni en la mujer. La vida nos enseña  a aceptar nuestras imperfecciones, y a asumir que el hombre también es imperfecto, pero que eso no nos impedirá encontrar el amor, y ser felices.


Y tú, ¿todavía crees en los cuentos de hadas?


De una que se conformó con el sirviente del príncipe.

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