Todos pasamos por diferentes fases a lo largo de nuestra
vida.
Etapas, que en ocasiones (y con suerte en muchas de ellas)
duran días. En los casos graves, conlleva años recuperarse. Son los “golpes
bajos” que te da el Universo. Y duelen, te hacen sangrar, y dejan moratones y
cicatrices, que te recuerdan aquel dichoso momento en el que te la pegaste de
bruces contra el asfalto.
Luego, como el tiempo te obliga, y vivimos a contrarreloj,
no queda otra que levantarse.
Y levantar la mirada.
Observar.
Pues en ese punto exacto es donde me encuentro ahora mismo.
Muchos podrían reírse de mi problema. Pero la magnitud de
los problemas, al igual que el dolor, se mide de forma subjetiva, según las prioridades
vitales de cada ser humano.
Supongo que un fracaso de pareja te lleva a eso, a cuestionarte tu futuro sentimental, y a preguntarte “y ahora… ¿qué?”.
Supongo que un fracaso de pareja te lleva a eso, a cuestionarte tu futuro sentimental, y a preguntarte “y ahora… ¿qué?”.
Lo primero que notas es el vacío. Es como si la otra
persona, hubiera ocupado parte de tu espacio durante la relación, y al romperse
ésta, el susodicho se hubiera quedado con uno de tus pulmones; bueno, el
pulmón, y las fotos, los regalos, todos los peluches… espera, no. Los peluches
siguen en mi cama…
Te falta espacio y te sobra tiempo, que antes compartías con
esa persona, que ya ha cambiado su rumbo. Caminos diferentes.
Una vez que superas eso, y consigues distraer tu mente
pensante con miles de ocupaciones, en ocasiones inútiles, en ocasiones,
bastante productivas, parece que la situación mejora.
Eso, lo parece. Pero sólo buscas ocupaciones como terapia
para superar la pérdida o el cambio.
Por mi parte, puedo decir que tengo suerte, que ese vacío se
va llenando gota a gota, y no con otro hombre: conmigo misma. Aprender a ser
tú, al cien por cien, sin esperar que otra persona te complete, es una tarea
ardua: se sudan ríos de tinta, lágrimas, tus mayores defectos salen a la luz
(porque los sacas tú mismo, claro). Pero creces. Por fuera, porque el tiempo
pasa por la piel, pero sobre todo, por dentro. Te haces más grande. Más fuerte.
Bien. Pero… ¿y el amor? ¿Dónde queda? ¿Dónde se esconde?
¿Volverá a aparecer, si es que ha dado señales de vida alguna vez?
En mi caso, puedo jurar y perjurar, que no fue amor. No amor
de pareja. No amé. No había un tú ni un yo, ni un nosotros. Cuando me quise dar
cuenta, caminábamos cada uno en direcciones diferentes, hablábamos sin
escucharnos. Pero esa es otra historia, pasada como el agua.
La cuestión es que ahora no tengo esperanza. No tengo fe en
que la sonrisa de “la persona” me atraviese como una flecha el estómago. Es
culpa de ese tatuaje que llevo en la frente, que dice “no saldrá bien”.
Aunque, en lo más profundo de mi corazón, ahí donde ni el
tiempo ni el espacio existe, quiero creer que algo tiene que haber. No ese amor
de película americana, ni de princesas Disney sin sentido práctico. Sino algo
simple, sencillo, como una cerilla que prende. Dos personas que encajan,
comparten experiencias, confesiones, se desnudan, se desternillan haciendo el
gilipollas por la calle y se ríen del mundo, disfrutando cada segundo y
exprimiendo hasta los suspiros, y los aromas que emanan de sus cuerpos. Con la
libertad como principio fundamental, y el respeto en las manos.
Sí. En el fondo, supongo que al fin y al cabo, creo en el amor. Reflexionar escribiendo sirve de algo, a veces...
Mientras tanto, sigo caminando, con las alas abiertas y los
ojos curiosos.
Dispuesta a vivir lo que la misma vida me tenga preparado.
B.R.

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